miércoles, junio 25, 2008

¿Tienen alma los gatos?

After the first death, there is no other
Dylan Thomas


Recuerdos de muertes que, como cuchillos nocturnos, asaetean mi piel.

En una noche remota, le pregunto a mi madre con voz temblorosa y entrecortada por el llanto, si los gatos tienen alma. Ella, que sabe a dónde apunta mi interés teológico, decide no mentirme: me dice que no. Y esa es la sentencia final, la condena a la separación eterna: nunca más veré a la Pachi.

En la noche sin fin, el cálido abrazo de mi madre que todo lo borra, por una vez no es remedio suficiente: me he topado con un problema que ni siquiera ella puede resolver y experimento por primera vez el verdadero desamparo, que me triza la infancia, preludiando otras muertes -de seres con o sin alma.


Comenzó a aparecer, hace como un año, por la casa en que vivíamos entonces. Era pequeño, no tenía nombre, su único capital era una férrea, invencible determinación a ser aceptado. Por ello, ni los arrebatos de la Negra, que lo perseguía una y otra vez, hasta expulsarlo de su territorio, ni las concienzudas maniobras disuasivas a las que se abocó Mones para echarlo, lograron que se desanimara: volvía a aparecer todos los días y así fue como comenzamos a sentirlo nuestro y a quererlo. Un día, aprovechando que la pieza en que estaba mi computador daba al jardín y la puerta ventana estaba entreabierta, se coló, subiéndose de un salto en mis piernas. Antes de que lograra sacármelo de encima estaba hecho un pequeño ovillo, ronroneando, y yo acariciándolo.

En ese momento comprendí que ya no había vuelta atrás y comencé a abogar por él, hasta que, habiendo sido aceptado por Mones, recibió su carta de ciudadanía y se convirtió en parte de nuestra familia. La Catita lo bautizó Rolo, y aunque lo más probable es que no se haya acordado en ese momento de los toffees que tienen ese nombre, dio en el clavo, porque, sobre cualquier otro rasgo, era dulce. Por su parte, la Florencia, que en arrebatos propios de su edad, solía abrazarlo y estrujarlo sin que él la rasguñara o mordiera, lo convirtió en “Lolo”, y así lo llamaba yo.

Sólo la Negra se negó siempre a tolerarlo, y él, nunca la enfrentó. Con insólita paciencia, aguantaba los desplantes que le hacía, sometiéndose –orejitas gachas, cuerpo inmóvil- y aceptando su primacía, fundada más en el peso de la antigüedad que en el tamaño.

Su tranquilo, a ratos imperceptible estar; esa habilidad propia de quien tuvo que arreglárselas solo casi desde el primer día, para meterse a la casa por cualquier resquicio; lo agradecido que era con quien le hacía cariño o meramente caso, porque su personalidad había sido moldeada por el prematuro abandono, y los rasgos ferales que habían sobrevivido a la domesticación, como tomar agua subiéndose al lavadero, o robarse cualquier cosa comestible que pillara sobre los muebles de la cocina, enfureciendo a Mones, que gritaba: “¡¡¡Esa cooosa me va a volver loca; llévensela de aquí!!!”, todo eso hoy nos falta -también a ella, que abrazada a mí, esa noche aciaga conmigo lo lloró.


Esta mañana, cuando bajé, estaba dibujada su ausencia en ese rincón del sofá cama que llegó a adoptar como su lugar predilecto. Cobardemente miré para otro lado, para no verlo, para no sufrir, para no recordar la última vez que allí le hice cariño, descuidadamente, ajeno a lo que iba a suceder, hace unos días que hoy me pesan como milenios.

Hoy te decimos gracias, porque derramaste tu luz y tu alegría en nuestro nuevo hogar. También agradezco que, en el dolor, me hayas devuelto a mi Mones. Indudablemente tenías alma, pero, como dejé de creer en vidas y reencuentros ultraterrenos, sólo quedan la inexorable extrañeza de la muerte, -la sorda ausencia, haber revivido el quemante dolor infantil del nunca más- y un recuerdo que se irá extinguiendo en nuestro propio camino hacia la muerte.

Ya no estás, Lolito, y todos –incluida, quizá, la Negra- te echamos de menos…

No hay comentarios.: