jueves, julio 31, 2008

Sangre

Venía escuchando en la Duna un tema relacionado con las mujeres de una tribu que se encuentra en el límite entre Afganistán y Pakistán, y la periodista se mostraba genuinamente sorprendida por el hecho de que cuando estaban con el período, tenían que retirarse a un lugar aislado. Quizá debiera incluirse la Antropología entre las materias que se les enseñan a los futuros periodistas. Nadie dice que lean “La Rama Dorada” (en cuyo capítulo XX hay una larga referencia a los pueblos que consideran impuras a las mujeres que están menstruando y también a las que dieron a luz recientemente), pero al menos deberían saber que eso no tiene nada de raro entre los pueblos primitivos. Como señala Frazer, “un aborigen australiano que descubrió que su mujer había reposado en su frazada durante su período menstrual, la mató a ella y murió él mismo de terror dentro de los quince días posteriores al hecho”.

La sangre está entre las cosas que han sido consideradas tabú desde tiempos inmemoriales. Las referencias al respecto son incontables y tienen que ver tanto, con un imperativo de pureza, como con la proyección de cualidades atribuidas a ese fluido (valor, serenidad, cálculo) y la omnipresente prohibición de derramarla. La sangre seduce y repele, encarnando esa mezcla de aversión y deseo que constituye la fascinación.

En nuestros días, más allá de que el primitivismo mental sigue vigente, bajo otras formas (a veces tan poco racionales como las de los Yabim de Papúa Nueva Guinea o los Bageshu de Uganda), al igual que en rituales atávicos, pero con otro significado, se extrae sangre para exámenes médicos con el consentimiento de la víctima. También se derrama, si bien por lo general sin consulta al proveedor, ni demasiados miramientos en cuanto a la forma.

Otro día me voy a referir a algunos aspectos curiosos de la religión católica, entre ellos la así llamada “preciosa” sangre de Cristo, razón por la que omito mencionarla aquí.


Ahora veamos mejor la sangre desde otra perspectiva, la de Dexter, el protagonista de la serie homónima que se gana la vida como analista de patrones de manchas de sangre en la policía de Miami y que dedica parte de su tiempo libre a eliminar gente que –naturalmente- se lo merece, eso por exigencias del guión, puesto que de lo contrario sería difícil lograr que la gente se identificara y terminara simpatizando con un asesino en serie. Esa faceta, en todo caso, no es la que me interesa en este comentario.

Las manchas de sangre, su disposición y el ángulo de incidencia con el plano, la forma, secuencia y, si se me permite la licencia poética, el ritmo plástico que exhiben, son en último término una instancia narrativa para el ojo entrenado. Tú y yo no vemos más que un espeluznante guirigay, pero al experto la sangre le habla: en ella está encerrada la historia y por ende la posibilidad de reconstruir los eventos de los que la escena del crimen da cuenta.

Los quimioluminiscentes como el Luminol, los senos y cosenos de los ángulos, el ADN contenido en la sangre, todo eso nos sitúa en un escenario aséptico que engloba las cuatro ciencias cuyos rudimentos aprendimos en el colegio: matemáticas y física, biología y química.

¿Y los aullidos de las víctimas? ¿Y el olor espeso, nauseabundo, a matadero? ¿Dónde queda todo eso?

martes, julio 22, 2008

Dios no creó los años bisiestos

Esta mañana caí en el blog que Steven Levitt, autor de “Freakonomics: A Rogue Economist Explores the Hidden Side of Everything”, mantiene en el “The New York Times”. En una entrada sobre el libro del matemático John Allen Paulos, IRRELIGION: A Mathematician Explains Why the Arguments for God Just Don't Add Up”, se preguntaba de dónde venía esa fiebre de libros anti-Dios que, de un tiempo a este parte, inunda las librerías de su país.

Esa es una pregunta interesante sobre la que volveré más adelante.

Mientras tanto, recurramos a la televisión, que es una fuente inagotable de cosas interesantes. El conductor de un programa le pregunta a una adolescente en qué continente está Tierra del Fuego. Sin inmutarse, ella responde: “Asia”. Luego de ese acierto creativo, interrogada por la periodicidad de los años bisiestos contesta, aparentemente ayudada por alguien del público –lo que ella niega con orgullo-, que se producen cada cuatro años.

Sin embargo, lo que probablemente nuestra estrella de la geografía desconoce, es que el concepto de año bisiesto, siendo una convención, se basa en el hecho astronómico de que cada año excede en 5 horas 48 minutos y 46 segundos, los 365 días, o sea tiene una duración aproximada de 365,2425 días. El calendario gregoriano, en una aproximación adicional, le añadió los 11 minutos y 14 segundos, redondeando la fracción en 0,25. Por esa razón es preciso introducir un factor de corrección que hace que aquellos años que son divisibles por 100 (y por cuatro) no sean bisiestos, a menos que se dé otra condición que el año 2000 cumplía y en cambio, 1900 y 2100, no.

En el colegio, aparte de geografía, nos enseñan matemáticas. Sin embargo, si tenemos en cuenta que la mayoría de la gente no es capaz de hacer una simple suma, menos comprenderá algo un poco más complejo como que 0,25 * 4 = 1. Si el conductor del programa en vez de preguntarle a la muchacha de la Tierra del Fuego asiática algo que un mono amaestrado podría contestar, porque se trata de un mero dato memorizable, le hubiese pedido que fundamentara la necesidad de los años bisiestos, quizá qué maravillosa explicación habríamos escuchado.

Lo más probable es que ingenuamente hubiese recurrido a Dios para dar cuenta de ese fenómeno. Pero ocurre que Dios no creó los años bisiestos, ni tampoco las medidas que nosotros empleamos. De todo lo que podríamos inculparlo es de haber definido ciertas regularidades que son inteligibles por la razón humana, y que los científicos, cuyo oficio no podría prosperar en el caos, se dedican a descubrir, formalizar y sistematizar con gran regocijo.

Si hay algo propio de todo pensamiento primitivo es la necesidad de atribuirle existencia a cualquier cosa, desde los años bisiestos hasta Dios. Debajo de esa insensatez alienta la no menos absurda presunción de que todo es causado por un agente, o sea la generación instantánea de sentido mediante una sistemática y tranquilizadora negación del azar.

Así hacen su entrada -como causa primera- los dioses en la Historia. Un gran avance, que tiene la ventaja adicional de poner un tapón en el sumidero universal y así evitar ese enojoso regreso al infinito de elefantes y tortugas.


Volviendo al principio, es cierto que pareciera desatinado escribir un libro (o muchos libros) con el único objetivo de demostrar la inexistencia de algo. Pero… ¿cuántas cosas se dirán en la guerra de las fes?

Lo que se le escapa a Levitt es que el ateísmo no se basa en el descreimiento; el ateo beligerante lo último que haría es suspender el juicio y quedarse callado, porque en último término su motor es la fe. Otra fe. Y la fe, por definición, es excluyente, pues arranca de la presunción de que existe la Verdad –y es una. Ergo, o uno está afincado en ese suelo firme, o está equivocado: no hay intermedios.

Me reafirmo en lo de siempre: si la cuota de auténticos escépticos dentro de la población mundial, fuera más significativa, con toda seguridad, la convivencia humana sería más pacífica. Pero ese desiderátum no es más que eso: wishful thinking, porque nuestra capacidad de creer es ilimitada, y, en cambio, la de descreer –aparte de requerir de un trabajo reflexivo sostenido en el tiempo- termina alejándonos de lo humano, convirtiéndonos en ajenos espectadores que se limitan a escuchar cómo silban las balas de los creyentes en su eterna guerra por doblegar a quienes están en el error.

Lo que no quita para que uno pueda estar de acuerdo con la tesis de Paulos de que los argumentos a favor de la existencia de Dios simplemente no cuadran…

martes, julio 08, 2008

Leería los diarios...

Hoy, como todos los martes voy a ir a ver a mi amigo Roberto. Tiempo atrás, se le ocurrió que investigáramos la forma en que había evolucionado la amistad y de hecho tuvimos una primera aproximación al tema cuando hablamos de la relación sui generis entre Montaigne y Étienne de la Boétie. La última vez conversamos de la no menos peculiar relación que tienen Hamlet y Horacio, en la que, pese a las diferencias de cuna y de trato (Horacio lo llama “sweet Lord”) hay algo profundo y conmovedor, que los une a todo trance.

Valga lo anterior como un preámbulo para que se entienda por qué ayer estaba buscando información sobre la amistad y me topé con un artículo escrito por una tal Jenni Russell para el diario británico “The Guardian”. Cuando comencé a leerlo y vi que la casuística era el ingrediente principal del texto, pensé que al igual que en otros artículos de prensa, me iba a encontrar con una hemorragia interminable de opiniones que conformarían un rosario de lugares comunes, junto con una trivialización –y en esa medida, degradación- de la relación a la que se refería.

A veces es mejor no tener demasiada imaginación y/o menos prejuicios…, porque el artículo era muy ameno e interesante. Lo cierto es que el “bajo continuo” del artículo es la soledad radical del hombre, de la que hablaba Ortega, tanto más desesperada cuanto menos consciente. Juzguen ustedes mismos.

http://www.guardian.co.uk/theguardian/2005/jan/24/features11.g2/print

Ese artículo era el primero de una serie de tres sobre las relaciones modernas. Los otros dos, sobre el matrimonio y el trabajo, los encuentran aquí:

http://www.guardian.co.uk/money/2005/jan/25/genderissues.familyfinance/print

http://www.guardian.co.uk/world/2005/jan/26/gender.workandcareers/print

No es novedad que el sistema económico capitalista neoliberal, con su torpe afán de maximizar los beneficios propios a costo de lo que sea (por ejemplo, de todos los demás), termina mercantilizando las relaciones humanas –amistosas, conyugales y laborales. De otra parte, los eternos, estúpidos politiqueos y luchas de poder de los miembros del sexo masculino, así como el doble discurso en el trabajo, y la mezquindad prevalente en cierto tipo de relaciones que se dan en los tres ámbitos, son algunos de los rasgos típicamente humanos que esos artículos abordan.

Si aquí en Chile tuviéramos periodismo de esa calidad, creo que hasta leería los diarios…

sábado, julio 05, 2008

Cadáveres y mutilados:
Vinos, accidentes de tránsito

y el instinto moral de Pinker


El otro día vi “Mondovino”, documental que les recomiendo aunque no les interese el vino. En el comentario que hice para Bazuca

http://www.bazuca.com/cgi-bin/ncommerce3/ProductDisplay?prrfnbr=7323830&prmenbr=451&formato=DVD

se mencionan varios temas que desbordan el mercado del vino y que nos lanzan de cabeza en algunos de los aspectos más siniestros de la globalización económica. La cazurra homogeneización de los gustos a través de productos cada vez más similares –si no iguales, como ocurre con la televisión abierta, que básicamente es la misma en todo el mundo-, y el control y manipulación del gusto de los consumidores por parte de opinólogos y medios de comunicación al servicio de los grandes consorcios, tiene un bouquet inquietantemente orwelliano.


Tiempo atrás leí un interesante estudio de un ingeniero experto en transportes, sobre el vertiginoso incremento de los accidentes de tránsito en nuestro planeta, demás está decirlo, muchos de ellos producidos por conducir bajo los efectos del alcohol. La magnitud que ha adquirido el problema, que en 1990 ocupaba el 9º lugar en un ranking de “carga mundial de morbilidad según los años de vida ajustados en función de la discapacidad perdidos” (¿para qué hacerlo fácil si puede ser complicado?) y que en 2020 se estima llegará al tercer lugar (detrás de la cardiopatía isquémica y de la depresión unipolar grave, llevó a la O.M.S. a considerarlo un “problema mundial de salud pública”, como puede verse en el informe publicado en conjunto con el Banco Mundial sobre el tema:

http://www.msc.es/ciudadanos/accidentes/docs/informemundial-1.pdf

Hasta ahí, vamos mal. Pero lo peor viene ahora: en los próximos veinte años, la cantidad de autos -y motos- que habrá en los países en vías de desarrollo, aumentará en forma exponencial. Decenas de millones de nuevos vehículos, muchos de ellos conducidos por personas cuya destreza y C.I. no son las más adecuadas para hacerlo, se incorporarán a las calles y carreteras, dejando tras de sí, un reguero de muertos, heridos y minusválidos, y costos enormes para los escuálidos sistemas de salud de esos países, que tienen que hacerse cargo de los lesionados y de su rehabilitación.

El experto que confeccionó el informe al que me referí antes de mencionar el de la O.M.S., señalaba que en los últimos años, una de las causas principales de los accidentes de tránsito en los países desarrollados es la percepción de los usuarios –alimentada por incesantes campañas publicitarias de los fabricantes de autos- de que los automóviles son cada vez más seguros. Así, la industria automotriz está siguiendo la misma estrategia inmoral que en su momento adoptaron las tabacaleras, para convencernos de que sus productos no hacían daño, y ese énfasis es casi tan irresponsable como el de aquellas, porque paradojalmente, estimula la imprudencia de los conductores, en la medida en que los hace sentirse invulnerables al volante de su auto… hasta que chocan.

Si bien es evidente que en los últimos años las condiciones de seguridad de los autos (y de las vías) han mejorado, lo que no se dice en la publicidad es que las velocidades a las que se circula también han aumentado hasta llegar a valores insostenibles por el cuerpo humano: el habitáculo del auto de Ayrton Senna resistió el impacto contra el muro de Imola; claramente, el cerebro del piloto, no. Cuando el auto ultraseguro de Lady D se estrelló, pese a la parafernalia de seguridad del vehículo, ella igualmente resultó mutilada y salió casi muerta del auto.

(Por cierto, esa marca de automóviles con nombre de mujer, tiene actualmente en el aire una publicidad en la que una mujer declara: “me siento más segura en la calle que en mi casa… Claro, porque tengo un XX”. Como ese tipo de autos de lujo no llama nada la atención, ni dice nada respecto de la situación económica del conductor, a la paradoja publicitaria se suma una absurda mentira, pero no importa porque la mayoría de la gente es arribista e irracional.)

¿Qué te parece ese aserto? Deja tu opinión en un comentario.


En un interesante -y no menos largo que el vínculo de abajo- artículo publicado por el New York Times en enero de este año:

http://www.nytimes.com/2008/01/13/magazine/13Psychology-t.html?pagewanted=1&_r=2&sq=pinker%20bioethics&st=nyt&scp=1

el psicólogo Steven Pinker se refiere a cómo algunas conductas que en un tiempo fueron censuradas socialmente, dejaron de serlo (como la homosexualidad, que pasó de ser una “aberración” a una “opción” sexual; o la drogadicción, que hoy suele tratarse como una enfermedad, en circunstancias que el origen de tal “fatalidad” está en la voluntad del adicto) y, por el contrario, en los últimos años, otras han sido penalizadas, condenadas y perseguidas, como fumar, que hoy por hoy es el crimen nefando en nuestra sociedad, con el que nos distraemos de otros problemas –que pudieran parecer a un ojo desprevenido- más graves, como la corrupción rampante de nuestras autoridades, la escalada permanente de la delincuencia, el nihilismo propio de nuestra cultura consumista, und so weiter

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Haciendo con todos estos retazos un tapiz circular, así como el movimiento M.A.D.D. (Mothers Against Drunk Drivers), orientó su esfuerzo inicial a cambiar la percepción de una buena parte de los hombres estadounidenses, que consideraban cool manejar ebrios, es posible que en un futuro no muy lejano, se “moralice” el tema de los accidentes de tránsito y entonces quienes conducen en forma imprudente y/o estúpida, se vean sometidos a la peor sanción, que es ese desprecio y rechazo que hoy, amorosamente, nos dedican quienes no fuman, a los criminales del humo, digo: a los fumadores.

Mientras tanto, que los simios y simias inconscientes que proliferan en nuestras calles y autopistas hagan lo que les venga en gana y que siga la fiesta para regocijo de médicos forenses y fabricantes de prótesis.