martes, julio 22, 2008

Dios no creó los años bisiestos

Esta mañana caí en el blog que Steven Levitt, autor de “Freakonomics: A Rogue Economist Explores the Hidden Side of Everything”, mantiene en el “The New York Times”. En una entrada sobre el libro del matemático John Allen Paulos, IRRELIGION: A Mathematician Explains Why the Arguments for God Just Don't Add Up”, se preguntaba de dónde venía esa fiebre de libros anti-Dios que, de un tiempo a este parte, inunda las librerías de su país.

Esa es una pregunta interesante sobre la que volveré más adelante.

Mientras tanto, recurramos a la televisión, que es una fuente inagotable de cosas interesantes. El conductor de un programa le pregunta a una adolescente en qué continente está Tierra del Fuego. Sin inmutarse, ella responde: “Asia”. Luego de ese acierto creativo, interrogada por la periodicidad de los años bisiestos contesta, aparentemente ayudada por alguien del público –lo que ella niega con orgullo-, que se producen cada cuatro años.

Sin embargo, lo que probablemente nuestra estrella de la geografía desconoce, es que el concepto de año bisiesto, siendo una convención, se basa en el hecho astronómico de que cada año excede en 5 horas 48 minutos y 46 segundos, los 365 días, o sea tiene una duración aproximada de 365,2425 días. El calendario gregoriano, en una aproximación adicional, le añadió los 11 minutos y 14 segundos, redondeando la fracción en 0,25. Por esa razón es preciso introducir un factor de corrección que hace que aquellos años que son divisibles por 100 (y por cuatro) no sean bisiestos, a menos que se dé otra condición que el año 2000 cumplía y en cambio, 1900 y 2100, no.

En el colegio, aparte de geografía, nos enseñan matemáticas. Sin embargo, si tenemos en cuenta que la mayoría de la gente no es capaz de hacer una simple suma, menos comprenderá algo un poco más complejo como que 0,25 * 4 = 1. Si el conductor del programa en vez de preguntarle a la muchacha de la Tierra del Fuego asiática algo que un mono amaestrado podría contestar, porque se trata de un mero dato memorizable, le hubiese pedido que fundamentara la necesidad de los años bisiestos, quizá qué maravillosa explicación habríamos escuchado.

Lo más probable es que ingenuamente hubiese recurrido a Dios para dar cuenta de ese fenómeno. Pero ocurre que Dios no creó los años bisiestos, ni tampoco las medidas que nosotros empleamos. De todo lo que podríamos inculparlo es de haber definido ciertas regularidades que son inteligibles por la razón humana, y que los científicos, cuyo oficio no podría prosperar en el caos, se dedican a descubrir, formalizar y sistematizar con gran regocijo.

Si hay algo propio de todo pensamiento primitivo es la necesidad de atribuirle existencia a cualquier cosa, desde los años bisiestos hasta Dios. Debajo de esa insensatez alienta la no menos absurda presunción de que todo es causado por un agente, o sea la generación instantánea de sentido mediante una sistemática y tranquilizadora negación del azar.

Así hacen su entrada -como causa primera- los dioses en la Historia. Un gran avance, que tiene la ventaja adicional de poner un tapón en el sumidero universal y así evitar ese enojoso regreso al infinito de elefantes y tortugas.


Volviendo al principio, es cierto que pareciera desatinado escribir un libro (o muchos libros) con el único objetivo de demostrar la inexistencia de algo. Pero… ¿cuántas cosas se dirán en la guerra de las fes?

Lo que se le escapa a Levitt es que el ateísmo no se basa en el descreimiento; el ateo beligerante lo último que haría es suspender el juicio y quedarse callado, porque en último término su motor es la fe. Otra fe. Y la fe, por definición, es excluyente, pues arranca de la presunción de que existe la Verdad –y es una. Ergo, o uno está afincado en ese suelo firme, o está equivocado: no hay intermedios.

Me reafirmo en lo de siempre: si la cuota de auténticos escépticos dentro de la población mundial, fuera más significativa, con toda seguridad, la convivencia humana sería más pacífica. Pero ese desiderátum no es más que eso: wishful thinking, porque nuestra capacidad de creer es ilimitada, y, en cambio, la de descreer –aparte de requerir de un trabajo reflexivo sostenido en el tiempo- termina alejándonos de lo humano, convirtiéndonos en ajenos espectadores que se limitan a escuchar cómo silban las balas de los creyentes en su eterna guerra por doblegar a quienes están en el error.

Lo que no quita para que uno pueda estar de acuerdo con la tesis de Paulos de que los argumentos a favor de la existencia de Dios simplemente no cuadran…

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